La lectura, comparada con el acto de apretar la empuñadura de un arma blanca, tiene como objetivo la desestabilización de un orden. Es una relación en la que el texto utiliza al lector para dar salida a su discurso. El texto existe, como también existe un puñal sobre una mesa o en el bolsillo del gabán, y es independiente al lector, independiente a quien lo empuña: son entes autónomos que se atraen, se necesitan, se justifican mutuamente. Es difícil establecer quién buscan a quién, pero el encuentro se produce en el acto anteriormente mencionado. No todos los puñales logran su cometido, tampoco cualquier portador mercenario consigue penetrar la carne con una leve rotación de la muñeca –mucho menos darse cuenta de que lo que se derrama sobre la alfombra es su propia sangre- aún así, la permanencia de los unos y los otros en el tiempo permite concebir la idea de futuros encuentros.
El lector es una extensión del texto, el cual, al igual que el puñal, encuentra su continuidad en el cuerpo de quien lo sostiene. Cuando se produce un acercamiento, suponiendo que exista entre las partes un código común o un conocimiento básico de la esgrima, es necesario que el lector, antes de permitirse hacer ningún lance en cualquier dirección, identifique ciertos elementos en el texto, el cual, al igual que los puñales, está colgando del tiempo, ocupa un lugar en el espacio, tiene un pasado, un presente y un futuro (no necesariamente en ese orden). Al permitir que el texto hable con su propia voz, que muestre su brillo, su tacto, la agudeza de sus ángulos, se puede llegar a conocer su intención. Claro está que ésta no es una fórmula infalible, pero sí es, por lo general, efectiva. Lo peligroso es jugar con un elemento corto-punzante sin siquiera poder distinguir entre sus partes, o con la pretenciosa idea de estar en control del lado más seguro donde se encuentra la empuñadura. Muchos han perdido valiosas extremidades por este abuso de confianza.
En consideración a lo anterior, en un principio sería prudente mantener la distancia y escuchar atentamente, manteniendo los ojos bien abiertos, sin permitir que los destellos del metal nos enceguezcan, o que la tentación de buscar el propio reflejo en la hoja nos haga perder el agarre sobre el discurso. A medida que la puerta al mundo posible del argumento se abre, el texto presentará al lector una realidad alimentada de otros textos, otras voces, imágenes, personajes e ideales. Ésta debe romper el escudo de prejuicios y manías, y forjar una visión enriquecida, más compleja del mundo a su alrededor. Es cierto, no existe la verdad, el significado inequívoco, el texto no está completo ni es perfecto –de ser así el lector sería innecesario- pero, si una de las partes reprime a la otra arbitrariamente, sería imposible llegar a una interpretación propia, nacida de la relación íntima entre el texto y el lector. Se necesitan dos para hacer la revolución.
Después de acercarse al texto, de haberlo tomado en las manos, de escuchar su historia y penetrar su discurso, es necesario que el lector reaccione, que deje que su pulso se sincronice con la vibración del metal en la vaina y se abandone al impulso de alzar su nueva voz, sacar el puñal y despertarlo de su “sueño de tigre”. El texto tomará vida y dibujará el mapa a seguir, le mostrará sus movimientos, sus temores y sus ambiciones; intentará llevarlo por caminos que pueden ser azarosos, e incluso que pueden llegar a confundir y debilitar la función del lector. El puñal tiene la facultad –y el deber- de crear un conflicto en quien se atreve a prestar su brazo como un accesorio para su conspiración: el portador se ve transformado constantemente; pasa de ser verdugo a ser víctima, y su control sobre los acontecimientos es tan limitado que incluso puede llegar a derrumbarse frente al poder del arma en sus manos. Pero siempre sobrevive al punto final, aunque para entonces ya no sea el mismo.
La práctica de la esgrima, como la lectura constante, ayudan a descifrar los movimientos de la hoja, a identificar la intención, el tiempo, el ritmo y el espacio de las acciones en un encuentro y facilitar los elementos de juicio necesarios para afrontar el desafío. Cuando el lector entiende que un texto es forjado con una función, un fin eterno que él mismo ejecuta cada vez que empuña el mango, y acepta el reto de cuestionarse a sí mismo a través del discurso –a veces como verdugo, en otras como víctima-, la distancia que lo separa del mundo posible del texto se deshace, permitiéndole vivir una realidad ajena en la que ya no es un espectador, sino que, al igual que los demás personajes, ve su realidad transformada por el argumento. Cuando aprendemos a leer, logramos hacer que el cuchillo penetre la superficie, que un leve giro de la muñeca transforme nuestra percepción. En algunas ocasiones se puede experimentar dolor, en otras se siente algo de alivio, pero en todo caso la sangre derramada sobre la alfombra siempre resulta siendo la propia. Y es entonces cuando el texto adquiere su justificación.
viernes
De la esgrima y la lectura
domingo
Opción múltiple
Atención a las siguientes señales: pulso acelerado, temblor y sudor en las manos, escalofríos, repentinas ganas de orinar, salir corriendo, llorar o escapar aludiendo un extraño caso de demencia temporal. Usted puede estar a punto de colapsar, de perder los estribos. Un minuto más ahí sentado y la posibilidad de lanzar el escritorio contra la pared más cercana parecerá una opción viable: puede incluso llegar a ser menos vergonzoso que la misma página en blanco, menos tortuoso. En casos como éste es mejor que no intente mirar lo que su colega de al lado está escribiendo, no hará más que confundirse; además, corre el riesgo de estar copiando información errada, cuyos resultados le causarán más acidez y un posible incremento de un 7% en la caída del pelo –de por sí bastante preocupante-.
Si usted sufre de uno de estos síntomas (o todos los anteriores) no culpe al profesor. Su incompetencia (la del profesor) no tiene por qué ser excusa para su incompetencia (la suya). Fue usted el que escogió esta clase, esta carrera, esta universidad. Mire detenidamente el examen. Opción múltiple, siempre hay que tomar decisiones: Sección A. Por favor escoja cinco términos y defínalos de acuerdo a uno de los siguientes cuatro criterios: a… b…. c… d. Sección B. Seleccione uno de los siguientes autores y escoja cuál de sus obras aparece resumida en los siguientes numerales.... Sección C. Seleccione el uniforme que le gustaría lucir el resto de su vida a partir de la semana próxima. Luego, seleccione el plan dental, el regalo de navidad para su suegra, el color de la cocina, la marca de los pañales, el modelo de su nuevo carro usado, su plan de retiro, su lugar en el mausoleo. A,B,C,D. Múltiples opciones, como estudiar al menos una semana antes del examen, estar despierto en clase, abrir el libro de texto y, mejor aún, leerlo. Solución: por favor conserve la calma, recobre su dignidad y utilice el papel para escribir una conmovedora misiva a su profesor. Mencione como su capacidad de memorizar conceptos y analizar unidades semántico-sintácticas, se vio severamente afectada por una serie de eventos trágicos acaecidos en los últimos días. Si su dolor es verdadero, aún cuando las causas no lo sean, posiblemente su educador sepa apreciar una buena pieza de ficción y, quizás, le permita repetir el examen.
miércoles
Miedo
Desde pequeño le daba miedo salir de noche, caminar bajo las luces titilantes, que siempre ocultan más de lo que iluminan. Temía más que nada pasar sobre las alcantarillas, esas puertas medio abiertas a un mundo subterraneo del que sólo conocemos el rumor del agua que siempre parece venir de muy lejos, de muy hondo, acariciando las paredes con una parsimonia casi ritual. Se imaginaba cayendo en una de ellas sin encontrar el fondo, sólo rodeado por el agua que bajaba susurrando sus secretos. Por eso, al encontrarse una alcantarilla, se detenía un momento a escuchar. Abría bien las piernas y calculaba el espacio justo para arrodillarse y poner las manos al borde de la tapa. Estiraba el cuello e inclinaba la cabeza, acercandose sigilosamente al centro del agujero, y cerraba los ojos para seguir el recorrido de las gotas que se desprendían del torrente que las arrastraba. Esperaba oírlas estrellarse contra algo, quizás un río, o una roca, pero éstas caían dejando apenas un silbido ligero y continuo, una tras otra, confundiéndose a veces con la suma de los pasos sobre el pavimento, con las hojas que se estremecen con el viento, con las nubes que se chocan y se empujan y a veces estallan, pero nunca desaparecen. Hipnotizado por voz de la ciudad que le hablaba entre sueños, sentía la urgencia de entrar. Ya no era su oído en la boca de la alcantarilla, sino toda su cabeza hasta el cuello. Se extendía en el suelo y dejaba colgar sus brazos en el agujero, tocando con los dedos las paredes húmedas y resbaladizas como el esófago de alguna bestia que lo iba enguyendo lentamente. Cuando su estómago llegaba al borde del abismo y sus rodillas se levantaban balanceándose sobre el suelo, el sueño se esfumaba y las otras voces volvían a escucharse. Él se alejaba a rastras de la alcantarilla y, una vez se sentía seguro, se ponía en pie y salía corriendo hacia el poste más cercano, dejándose bañar por la claridad artificial del foco.
viernes
Esto no es una película
David abrió la puerta para dejar que Verónica pasara a la pequeña cabina de cristal blindado del cajero automático. Dibujó con la mano un pasé taurino, siguiendo con los ojos los volúmenes del pantalón blanco que se deslizaban bajo sus dedos con la exquisita tersura que imaginaba para la piel morena de su amiga. Sin levantar la vista de las nalgas que se movían revestidas de una cándida claridad, como dos niñas jugando en un balancín bajo el sol de una tarde sabanera, sintió la doble acometida de dos corrientes heladas que lo dejaron clavado en el efímero espacio del umbral. El frío metálico de un cañón sobre la nuca unido a la mirada de Verónica sobre su frente gacaha, reproche a la transgresión de esa superficie mística dispuesta sólo para la contemplación, lo dejaron clavado en el suelo como una parte más del mobiliario del banco. Instintivamente, sin saber a quién dirigía su gesto, levantó las manos suavemente, sintiéndose derrotado e impotente.
-!No sea imbécil! Baje las manos que esto no es una película-, dijo alguien con una voz pasada por la lupa del tiempo. Seguramente fue la misma persona que empuñaba el revólver. Quizá fue Verónica burlándose de su cobardía. Aturdido, no podía ya distinguir los sonidos que venían de la calle de los que se colaban desde el otro lado del cristal, donde una docena de entes, abstraídos en sus diligencias urgentes, formaban una muralla de indiferencia.
David había esperado este momento desde hacía algunas semanas. Cada vez que salían juntos de la universidad se entretenía en pensar que en una ciudad como Bogotá, llena de maleantes, traquetos, indigentes, asaltantes, violadores y facinerosos, llegaría el momento en que podría demostrarle a Verónica que, en lugar de felpa y estopa, por sus venas corría la sangre de un hombre como cualquiera, o mejor que cualquiera. Desde que la conoció hacía abdominales todas las mañanas, tomaba clases de taekwondo, full-contact, yoga y primeros auxilios; veía películas de Van Dame, Segal y Schwarzenegger; tomaba Pony Malta con leche y huevo crudo por las mañanas y cambió la dieta nacional, rica en carbohidratos, por una con más vegetales y proteínas que había encontrado en Internet. Sus días se habían convertido en una fase de preparación para la batalla final contra un enemigo sin rostro.
Bajó las manos con la misma parsimonia con la que las había subido. No supo a quién mirar primero. Verónica había caído en un silencio espeso que absorbió las órdenes del asaltante que sólo ella parecía escuchar. Cuando ella se giró para retirar el dinero, la redondez de sus nalgas entró nuevamente en el campo de visión de David y él entendió la imagen como una señal para actuar. Alzó la cabeza y sintió que el cañón se apretaba sin vacilación contra su sien mientras una mano blanca y huesuda se plantaba sobre su pecho, arrinconándolo contra la única pared de cemento del cajero. Dudó una vez más pero adivinó un sollozo entre el ruido mecánico del contador de la máquina que lo impulsó a encarar al maleante. Lentamente, llevando primero los ojos hasta los límites de sus órbitas, giró el torso hasta encontrarse besando el arma en la boca. Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro resignado. No alcanzó a reconocer el rostro detrás de la abertura del cañon cuando un golpe de la culata sobre la cabeza lo hizo sentir que la cabina se tambaleaba hasta dar un giro arrebatado que terminó en un plano oscuro y helado.
El asaltante, siguiendo sin inmutarse la caída de David, elevó el arma a la frente de Verónica que parecía intentar cubrirse con el fajo de billetes aún calientes que sostenía entre las manos. El maleante levantó una pierna para sortear el bulto que lo separaba del botín y lo arrancó de entre los dedos reciamente apretados de la joven, quien veía entre lágrimas cómo la mano blanca y huesuda se asía con el dinero para la matrícula del semestre.
Desde el suelo David pensó que el fin había llegado y que, lo que era peor aún, era un fin macarrónico, muy alejado del epitafio que había soñado para sí. Quiso levantarse, tomar el brazo del asaltante y obligarlo a soltar la pistola con una llave marcial. Pensó que si se le enfrentaba, éste, que no esperaría semejante acto de valor o estupidez, terminaría por huir por la puerta aún abierta del cajero. Tendría que trabajar con el factor sorpresa. Así, ignorante de lo que ocurría sobre su cabeza, apretó los puños, cerró los ojos y contrajo el abdomen, se retrajo un instante y, como un resorte, se puso en pie... o casi, ya que justo en ese momento el asaltante pasaba la pierna sobre él y terminó enredándose con su espalda ascendiente, dando los dos en el suelo.
Un disparo se escapó de la mano del asaltante. Un grito de la boca de Verónica. Un gemido mujeril del pecho de David. El guardia de seguridad del banco, que ya sospechaba que algo ocurría en el cajero, se acercó corriendo y puso un pie sobre la mano armada, sin poder identificar con seguridad a quién pertenecía en medio del enredo humano que formaban David y el maleante en la estrechés de la cabina. Uno de los clientes, que seguramente había visto lo ocurrido pero sólo se decidió a actuar con la protección del guardia, se apresuró a ofrecer su mano a Verónica para ayudarla a salir del cajero. Con algo de pudor por la posición en la que se encontraban y en movimientos lentos dirigidos por la batuta de seis tiros del guardia, los dos hombres se pusieron de píe. Una vez separados, el guardia apresó al maleante a quién no tardó en identificar, dejando a David el espacio suficiente para franquear la puerta y salir. Pasó una ambulancia, pasó un avión, pasó Verónica por la mente de David y se paró frente a él en medio del andén lleno de curiosos y de policías. Se oían rumores, gritos ahogados, sirenas y, por encima de todo, una voz que repetía: “!No sea imbécil que esto no es una película!”. Esa vez fue Verónica, seguro. Sin poder detener el llanto la joven le asestó una bofetada en la cara que le dolió más que el golpe contra el suelo. “Nos pudieron haber matado, ¡idiota!”, sentenció la joven para luego ir a refugiarse en los brazos del desconocido que la había salvado de la cabina de cristal en la que David la había metido.
miércoles
La Perchas
La primera paloma cayó un jueves por la mañana. -Mal presagio-, le dijo Isa a la Perchas mientras dejaba el rincón en el que se había instalado y se levantaba para empujar con el báculo el desorden exánime de plumas que se oscurecían con el impacto de los primeros goterones. La perra acercó el hocico humedecido y, como entendiendo las palabras de su ama, se retrajo nuevamente con una expresión de disgusto. -El hambre no da para tanto, ¿verdad?- Los dos cuerpos se perdieron nuevamente bajo la ruana forrada con un revestimiento de bolsas plásticas, dejando que el agua se llevara el cadaver del ave hasta una alcantarilla que ya rebosaba a pocos metros de sus pies.
El día pasó por agua. Mientras dormían, cayeron dos palomas más.
El viernes por la tarde salieron a caminar. El sol brillaba sobre el pavimento aún mojado y hacía relucir los charcos de un multicolor grasiento, agitados por el paso del carro de balines que rodaba pegado al andén. Las miradas adormecidas seguían desde los buses la figura pesada de ropas demasiado grandes y mantas ennegrecidas, como un presagio del fin que espera a quienes no soportan la cruz de todos los días, la procesión que lleva al éxito, simulacro del paraíso.
Al llegar a la esquina de la Séptima con Jiménez, el golpe seco de un nuevo cuerpo alado al estrellarse sobre el suelo adoquinado hizo que Isa bajara la mirada, entretenida con el pasar de las nubes sobre los edificios, para encontrarse con la sombra oscura que era la Perchas corriendo entre ladridos como un perro de caza que sale a buscar la presa. Sin prestar atención a la luz verde que la incitaba al otro lado de la calle, Isa se lanzó por encima del carro de balines y, mirando una vez más al cielo, extendió los brazos y corrió hacia su amiga, que miraba estupefacta el monstruo de escamas verdes y ojos de cristal que la embestía. El estrépito de una bocina desintegró el concierto de motores, pitos y tacones que retumbaban por entre las calles de una ciudad aturdida. La Perchas, con la paloma muerta colgando aún entre el hocico, ganó de un brinco el otro lado del andén, mientras que detrás de ella las cinco puntas que coronaban la nariz del monstruo se clavaban en el costado de Isa que, irónicamente, no logró esquivar la carga enfurecida del Dodge '74, tal vez demasiado viejo o demasiado apático para detener su marcha.
El círculo de curiosos fue disuadido por la presión del tráfico y las exhortaciones de un grupo de soldados que abandonaron sus puestos de guardia junto a las arcas de la nación para restablecer el orden. Uno de ellos tomó el cuerpo inerme de Isa y, pasándole el fusil bajo los brazos, lo arrastró hasta el separador de la avenida ante la mirada trastornada de los transeúntes que, sin embargo, no se detenían ya en su marcha. Veinte minutos más tarde, una patrulla se llevó el carro de balines y el desorden de harapos que parecía aclararse con las primeras gotas de lluvia. La Perchas siguió la furgoneta por la Jimenez y giró por la Décima hasta llegar al San Juan de Dios, donde encontró el cuerpo de Isa tronchado sobre uno de los escalones de la entrada, reflejando el de otra paloma que se había desprendido del borde de una de las ventanas del edificio. Una enfermera y un voluntario tomaron los restos de Isa y la llevaron a la entrada del depósito, donde sólo le quedaba esperar que la Divina Providencia decidiera su destino.
El sábado no paró de llover. La Perchas rondaba el hospital, esquivando los pies de médicos, policías y parias enfermos y lacerados que entraban y, con algo de suerte, salían algunas horas después como por milagro del santo patrono del sanatorio. Sin embargo, ya ni las oraciones que emanaron por casi 300 años a sus espaldas, alcanzaban a favorecer a las almas peregrinas que circulaban por el edificio casi en ruinas.
La madrugada del domingo, la misma furgoneta que había llevado horas atrás el cuerpo de Isa, descargó los de un un ladrón y un policía que habían salido malheridos de un tiroteo en un banco a pocas cuadras de allí. La Perchas se parapetó entre la confusión que causaba los gritos rabiosos que intercambiaban el par de desgraciados que tendrían que compartir un rincón junto a Isa en el pasillo del ala norte del hospital. Los demás enfermos daban quejidos de dolor y exasperación, los médicos pedían respeto y orden, los policías que custodiaban al reo tomaban su bando y atacaban al ladrón con golpes y vituperios. Bolillos, estetoscopios, agujas y hasta crucifijos volaron de un lado para otro por encima del cuerpo inerme de la N.N. que la Perchas intentaba proteger con ladridos y dentelladas. Una botella de suero cayó al suelo, y el estrépito de cristales rotos silenció de golpe la refriega, dejando sólo el murmullo del viento helado que se colaba por la puerta abierta, por la que también entró una paloma extraviada que fue a posarse sobre el manto que cubría a Isa de pies a cabeza. Los contendientes, entre atónitos y avergonzados ante la imagen serena del ave, recobraron la compostura y reanudaron los trámites de admisión de los heridos. Cuando un enfermero se acercó a abrir la puerta para dejar salir la perra, el pasillo se iluminó con las primeras luces del domingo, reflejadas sobre la sábana blanca de una camilla desierta de la que caía un manto gris que nadie se detuvo a recoger.
Gump
«Mi mami me decía que la vida es una caja de chocolates, nunca sabes qué sabor te va a tocar», dijo Gump a su amigo del labio anchísimo... que nunca me acuerdo de su nombre. Es una lástima, porque es tan importante. Incluso es el nombre que lleva la compañía de pesca que Gump abre cuando gana toda esa plata y se va solo, sin Jenny, porque su nombre siempre lo recuerdo, Jenny. Cómo me gusta ese nombre... Bueno, el caso es que él se hace millonario y se va solo a cumplir el sueño de su amigo de tener una compañía de pesca, pesca de camarones. Y yo me pongo a pensar: pescar es como abrir la caja de chocolates sin saber que te va a salir y entonces esperas que lo que venga sea bueno, pero es sólo la espera lo que cuenta, porque a veces puede ser una bota o un montón de chatarra que te rompe la red y ya no puedes seguir pescando hasta que te regresas a tu casa y construyes una nueva. Me entiendes, es como ser ciego, o ser idiota, o ser humano, como Gump. Nunca puedes ver lo que vendrá después, pero siempre esperas algo, y si no te sale... bueno, si no te sale te regresas a tu casa y haces una nueva red. Porque sigues pescando, sigues abriendo la caja de chocolates y vas a pensar que hay un relleno de fresas o duraznos que te va a invadir la boca y te va a dejar ese saborcito que tanto te gusta y, aunque ya no esté allí, lo probaste y se te ha quedado grabado en la lengua, en el paladar, en la mente y en el corazón. Dicen que los chocolates, en su medida, como todo, son buenos para el corazón. Bueno, no sé si lo dicen, pero lo quiero créer, porque me gustan mucho y me hace feliz probarlos todos. Y a ti, ¿te gusta la película? Bueno, ya sabes cómo va a terminar, o eso crees. Pero tienes que verla, porque es una película muy buena, y a mí me gusta mucho. Y lo que más me gusta es Jenny, y creo que me gusta porque nunca sabes qué va a hacer después. Ya te lo conté, se fue de su casa y Gump la encontró cantando desnuda en un burdel, pero para él era como uno de esos sabores que se quedan en tu boca por horas y horas, y nunca te olvidas de ellos, igual si es chocolate blanco o de leche o negro, pero es un sabor que reconoces porque cada vez que lo pruebas es como la primera vez. Nunca sabes dónde te lo vas a encontrar, pero cuando lo ves, sabes que es el mismo. Y él la vuelve a encontrar y los dos están juntos en la casa de su mami, porque así la llama, «mami», y Jenny después muere. Pero él la había probado, y estaba ahí, como el sabor del relleno de un chocolate, sólo que no sabes cuándo te va a tocar encontrarlo otra vez. ¡Cómo me gusta esta película!
martes
La muerte del maquinista
«Estoy segura de que ese no era», dijo la señora Q., encontrando un punto fijo en el espacio en el que clavó con severidad sus palabras. Su relato era fantástico, pero no había en el fisura alguna que nos permitiera dudar de su sinceridad más allá de las formalidades de la lógica. Guardó silencio por unos segundos y continuó: «Salí a buscar el mío por el barrio, intentando seguir su rastro disfrazado por el olor a grasa y sudor de metal fundido sobre el asfalto. Grité su nombre y el eco resonó ente las paredes de los edificios sin encontrar respuesta, así que salí a la avenida y por un tiempo anduve entre la multitud de engranajes que, como él solía hacer, regresaban a casa con las primeras luces del día. Estaba celosa de los ojos que pudieran haberlo visto, de las mujeres que quizá lo sedujeron en el camino, de las paredes entre las que tal vez estará encerrado pensando en mí. Caminé por horas, tal vez por días, y me hallé varias veces de nuevo frente a la puerta entreabierta que esperaba su regreso».
Uno de nosotros preguntó cuándo fue la última vez que lo había visto y la pregunta le hizo bajar la mirada. Tras un nuevo silencio, un susurro se escapó de su boca casi inmóvil. Noté que todos nos acercamos más a ella, torciendo un poco la cabeza como esperando que el murmullo alcanzara nuestros oídos y nos permitiera discernir si lo que exhalaba era un suspiro o una respuesta. Creo que ella también se dio cuenta porque sus labios empezaron a articular las palabras y pronto su discurso tomó forma: «Todos los días, mientras él duerme, preparo el almuerzo, arreglo el apartamento y a medio día salgo a trabajar. Cuando regreso por la noche, encuentro los restos de su comida en el plato, siento su aliento en los cubiertos relamidos y la huella de un beso en la servilleta cariñosamente arrugada en una esquina de la mesa: es su manera de agradecerme sin palabras. Aunque no lo vea, sé que él está ahí, en la cama sin tender, en la ducha aún mojada, en su ropa colgada sobre el espaldar de la silla, todo está marcado con una presencia que me acompaña a la cama y con la que duermo tranquila hasta la madrugada, cuando él regresa a casa tras acabar su turno en la fábrica.
«Esa noche llegó más temprano. Después de dar un portonazo, sus pasos apurados se desviaron hacia el baño y se detuvieron en un golpe seco de las rodillas junto al retrete. Escuché con dolor que intentaba reponerse, pero no me atreví a levantarme para no avergonzarlo. Cuando salió vi a contraluz su silueta fatigada, rebotando de un lado a otro mientras intentaba alcanzar la seguridad de la cama. Al darme cuenta de que su lucha de naufrago alucinado había cedido al sueño, me levanté para desvestirlo y meterlo bajo las cobijas. Esa fue la última vez que lo vi, entre sombras, desnudo e inmóvil, respirando pesadamente con la cabeza sobre mi pecho. Sin darme cuenta, me quedé dormida acariciando su cabello».
Levantó nuevamente la vista y las manos, que se habían juntado a la altura del pecho mientras pronunciaba las últimas palabras, cayeron sobre su regazo marcando la pausa. Pensé en preguntarle sobre la mañana siguiente, pero lo inquisitivo de nuestras miradas atentas que se encontraron con la suya en el medio de la habitación la incitaron a continuar: «Cuando desperté, encontré aquel hombre acostado a mi lado. Me quedé mirándolo un buen rato, sin decidirme a abrir la cortina para estar segura de que no fuera un efecto de la penumbra, y llegué a pensar que era un sueño. Me senté a su lado y lo vi más pequeño que mi marido sobre la cama, tenía más barba y el vello de su pecho era más oscuro y tupido. Las líneas de su rostro se veían más agudas, más ceñidas a los contornos de su cráneo. La piel de su cuerpo era árida y resquebrajada, apenas colgada de un esqueleto retorcido, como un juguete del que nadie se sirve hace mucho tiempo y que se pudre en un rincón de un baúl húmedo y oscuro. Desnudo como estaba, lo examiné completo. Yo no he conocido otro hombre en mi vida y estoy segura de que aquel no era el mío.
«Temí despertarlo y, sigilosamente, salí de la cama para buscar a mi marido pero, tan rápido como se recorren los 24 metros cuadrados de nuestro apartamento, me dí cuenta de que estaba vacío, excepto por esa presencia extrañamente familiar en la habitación. Me quedé parada junto a la ventana de la cocina que da al patio del edificio, esperando que el aire frío de la mañana me aclarara las ideas o, por lo menos, me permitiera salir completamente del letargo que, seguramente, había causado en mí la confusión. Cuando el extraño empezó a despertar, yo lo vigilaba desde la puerta de la habitación, dispuesta a confrontarlo con la valentía que otorga la empuñadura de una arma entre los dedos. Apenas abrió los ojos, como preguntándose qué hacía yo ahí, mirándolo, ese hombre desconocido empezó a decir algo que no entendí o no recuerdo, con un gesto que tenía algo de furioso y suplicante. No sé si gritaba o si sólo movía los labios con violencia, pero se me acercaba estirando los brazos como si fuera a abalanzarse sobre mí. Dos círculos negros, grandes y brillantes, me regresaban mi propia imagen perdida en el pozo de sus pupilas dilatadas. Cerré los ojos y me contraje en lo que imaginé mi más mínima y compacta expresión. Por un instante vi como mi cuerpo erguido se alejaba mientras yo caía hacia atrás, irremediablemente, sin encontrar un punto de apoyo en lo inmaterial del momento. Fue un desdoblamiento similar a los que ocurren entre la vigilia y el sueño, una larga caída en un vacío profundo que termina violentamente de vuelta en el propio cuerpo. Sentí su peso inerme sobre mí como una roca o una pared caída tras un temblor. Me desprendí de él como pude y salí a la calle a buscar a mi marido.»
La descripción del cuerpo desnudo que dio la señora Q. concordaba con la del extraño que encontramos en el apartamento, excepto por las ocho heridas que tenía en el costado izquierdo del vientre, propinadas con un cuchillo de cocina común. El cuerpo había alcanzado un alto grado de descomposición, ya que sólo cuando el hedor alarmó a los vecinos se dio aviso de la presencia del cadaver. Desde que la encontramos dormida en los alrededores de la fábrica donde trabajaba su marido, ella le contaba esta historia a todo el que se la preguntara, o que por lo menos le diera la impresión de que deseaba oírla. y siempre era exactamente la misma. Yo no me atreví a decírselo pero sé que, en el fondo, ella sospecha que su esposo, el maquinista, no regresará nunca más.