domingo

No es justo

Margarita dice que todo va a salir bien pero yo no estoy segura. Ella me llamó desde el hospital para avisarme que lo habían traído a emergencias. Había perdido mucha sangre, y estaba inconsciente. Todavía no sé bien qué fue lo que pasó pero me lo imagino; antes de acostarme me entró esa presión en el pecho, un no sé qué por aquí que casi no deja respirar, igual al de la otra vez cuando Andrés llegó a mi casa pálido del susto y casi sin poder hablar, con la mano raspada y la manga de la camisa hecha añicos. Yo ya le había dicho que era mejor que se buscara otra cosa, que el era muy distraído para ese trabajo y que tarde o temprano le iba a pasar algo grave de verdad. Pero él no me hizo caso.

Terco como él solo. Muy decidido, Andrés me decía que no les iba a dar gusto a los demás, que iba a seguir hasta que completara la plata para la universidad. Entonces esto es para siempre, le decía yo, porque con lo que ganaba no le alcanzaba para todo. Y eso que yo misma le ayudo con lo que puedo, pero tampoco es cuestión de mantenerle toda la familia. Diego y Margarita no tenían porque estar pidiéndole. Lo que es peor es que no le quedaba tiempo para pintar y eso lo hacía más difícil. Durante un tiempo preferí no verlo tanto para que pudiera dedicarse a la pintura; después le sugerí que llevara los materiales a mi casa para que no se sintiera culpable por no dedicarme tiempo, para saber que mientras estaba conmigo era feliz porque también podía hacer lo que le gustaba...

Perdón, ya pasó. Es que no sé por qué hablo de Andrés como si ya no estuviera. La verdad es que me siento culpable. Anoche, cuando vino a verme, me dio terror verle la cara. Miraba a no sé donde, como siguiendo una mosca, caminaba dando zancadas y echando manotazos al aire. Yo lo dejé que diera vueltas por el apartamento sin entender nada de lo que murmuraba, excepto las groserías que era lo único que pronunciaba claramente. Le preparé un té y logré que se sentara. Poco a poco se fue calmando, pero seguía furioso, con los ojos rojos y la voz cortada. No es justo, decía.

No es justo. Yo nunca lo había visto así. Ni siquiera el día del accidente con la máquina que casi le quita el brazo derecho. Si no me lo quité yo mismo cuando no podía pintar no me lo va a quitar una máquina en Canadá, me decía. Por si acaso voy a empezar a dibujar con la mano izquierda, y se rió. En el trabajo empezaron a llamarlo “le manchot” y a él le daba risa pero sabía que detrás de la broma había algo de verdad. Diez horas diarias de lo mismo le estaban atrofiando el brazo; síndrome de túnel algo, le dijo el doctor, nada grave, sólo tenía que cuidarse. Pero nada, él seguía trabajando. Al principio yo no entendía por qué lo hacía; supongo que después de tanto tiempo uno se acostumbra a la vida aquí y sabe que no hay que correr, que las cosas llegan solas, con esfuerzo, sí, pero sin tener que matarse. Siempre pensé que la vida en Canadá era fácil, hasta que conocí a Andrés.

Nos conocimos por casualidad. Yo, que hacía tiempo había dejado de ir a bailar, y Andrés, que nunca iba porque no tenía tiempo, terminamos los dos una noche en la Salsateca. Yo fui con algunos amigos del trabajo, canadienses la mayoría, encantados todos con la música, el ritmo, las luces y los colores del lugar. A mí me parecía un bodrio de antro, pero es cierto que por momentos uno siente que el calor de la gente y de las luces está pasando en todos lados, que afuera no hay frío y nieve sino que todavía es verano. Hacía tiempo no escuchaba hablar tanto español o tanto francés con acento latino. Las risas y las conversaciones, las canciones y el baile me llevaron lejos, a mi ciudad, a mi barrio. Me entró la nostalgia y al mismo tiempo la felicidad de saber que incluso aquí se podía escuchar a Niche y bailar brincaíto.

Y fue preciso escuchando a Niche que él vino a sacarme a bailar. Yo pensé en decirle que no desde que lo vi caminando hacia mí. Me pareció tan menudo, con esa cara de niño cansado y con esa cosa negra en la muñeca, que me dio la impresión de que me iba a tocar cargarlo hasta la mesa después del baile. Pero cuando ya estaba cerca desplegó una sonrisa enorme que me dejó boba y para colmo me habló con ese acento cantado, impoluto, como si acabara de bajarse del avión o como si me estuviera hablando todavía desde allá. Bailamos un par de canciones y nos fuimos a hablar a una mesa los dos solos. Entonces me contó que llevaba dos años aquí, que había viajado poco por Canadá pero que le gustaba Montreal aunque sentía que siempre se perdía la mitad de todo por no saber francés. También me dijo que era pintor y que estaba esperando su residencia para entrar a estudiar arte en la universidad.

Me enternecía mucho al principio. Nos volvimos a ver luego en un bar en St. Denis para tomar una cerveza y conversar. Era tan joven y al mismo tiempo hablaba como un viejo, contando historias que parecían memorias lejanas de su infancia con sus abuelos; de su adolescencia cuando trabajaba como guía llevando y trayendo gringos de arriba a abajo por todo por Bogotá; de cuando se fue a buscar a su mamá y encontró también a su hermano Diego de quien nunca había escuchado nada hasta entonces. En esa época Margarita era otra persona, joven, atractiva, sonriente, dinámica, nada que ver con la mujer que me presentó aquí, delgada hasta casi desaparecer, con la piel curtida por el frío y la falta de sol. Él la trataba como si en lugar de su madre fuera su hija o su abuela, la ayudaba a ir de la habitación al salón, le traía y le llevaba lo que necesitaba hasta el sillón donde pasaba sus días viendo televisión, envuelta en una bata acartonada de lo sucia. Aún así él siempre hablaba de ella como si fuera la otra, la que lo recibió no con el remordimiento del abandono, sino con la alegría de una recién parida. Fue como si nunca nos hubiéramos separado o como si ya me estuviera esperando, me decía él.

Nunca me dijo por qué se vino para Canadá. Lo que más recordaba era de la despedida de sus abuelos. Margarita no quería ir, como era de esperarse, al fin y al cabo ella se había ido y había dejado todo, incluyendo su propio hijo. Al final los viejos los recibieron igual a todos, felices de ver a su nieto pero también de conocer a Diego y más bien aliviados de ver que Margarita estaba viva y sana. Hay una foto que Andrés siempre carga en la billetera donde salen los cinco en frente de la casa donde él se crió. Su abuelo se murió pocas semanas después y su abuela la primera noche de navidad que Andrés pasó aquí. Ahí me puse a pintar en serio, me dijo alguna vez. Entre sus pinturas había un par de acuarelas pequeñas con retratos de sus abuelos, preciosas.

La tercera vez que nos vimos, que fue en mi casa, me llevó algunos de sus cuadros. Yo no sé mucho de arte pero me encantaron. No eran lo que se llamaría realistas, pero yo los veía como paisajes salvajes, llenos de vegetación, de tierra y de agua que corre con fuerza. También había uno con ruinas, muros altísimos que se caían en pedazos pero que se veían todavía imponentes, quizá por la perspectiva que tenían en la pintura. Uno que me gusta mucho es de un desierto blanco, como la luna, muy frío. En la parte de abajo hay unos restos de un muro y de ahí salen unas huellas, muchas, que se pierden en el horizonte iluminado por el sol, en donde se ven a penas las siluetas diminutas de los caminantes. Y no es porque lo diga yo, pero él es un buen pintor.

Eso fue hace unos seis meses. Anoche llegó a mi casa como poseído. Traía arrugada en la mano una carta de la universidad que decía que lo habían aceptado en el programa de Studio Arts y le ofrecían una beca para empezar en Septiembre. Por eso mismo, no era justo. La carta tenía fecha de hace dos meses, finales de mayo, creo. Desde marzo me estaba hablando de las posibilidades que tenía, de los documentos que le había tocado conseguir, de la plata que le faltaba para completar un capital suficiente que le permitiera estudiar sin dejar de colaborarle a Margarita y a su hermano, de lo bueno que sería poder dedicarse todo el tiempo a crear algo que valiera la pena de verdad.

Fue por esa época, es decir en marzo, que ocurrió el primer accidente. Casi no nos veíamos porque el había conseguido autorización para trabajar horas extras por la noche y salía a las siete de la mañana de la fábrica. Cuando venía por mi casa yo ya estaba de salida y a duras penas alcanzábamos a comer juntos antes de que el se fuera a dormir y yo a trabajar. El pobre andaba tan cansado y tan ansioso que un día una de las máquinas le cogió la manga de la camisa y por poco el brazo, de no ser porque uno de sus compañeros lo ve y alcanza a apagarla. Yo estaba furiosa, me parecía el colmo que se arriesgara así y me puse peor cuando me dijo entre risas que tenía las manos tan entumidas y la cabeza tan cansada que ni siquiera atino a gritar o a intentar quitarse la camisa. Tremendo chiste. Por suerte no pasó nada grave ese día y ni siquiera lo echaron del trabajo. Se estaba acabando sin razón.

Mi pobre Manchot, trabajaba y trabajaba. Sin embargo, Margarita estaba cada vez más insoportable. Desde hace rato que Diego no para en la casa y ella se siente sola, me decía él, pero yo no estoy tan segura de que fuera sólo eso. Desde que mando la solicitud de admisión a la universidad, Andrés no hacía sino hablar de cómo su vida iba a cambiar, del campus, de los profesores, de la biblioteca, de los talleres, de las actividades. Hasta yo me puse celosa de imaginarlo en los pasillos, en los bares y en las fiestas con sus compañeras, gente de su edad, en un ambiente para el que yo ya no estoy hecha. Él me juraba que nada iba a cambiar entre nosotros, que precisamente por que yo ya no tenía veinte años él me encontraba más interesante, más madura, más experta... No me convence todavía, pero creo que ya lo he superado.

Margarita, por otro lado, tenía miedo de que él la dejara. Más de una vez discutieron porque ella le recriminaba que estuviera pensando en dejar el trabajo que tenía, con el sueldo y los beneficios. De mí no le decía nada y creo que hasta me soportaba porque más de una vez le presté dinero a escondidas y porque, en el fondo, no creía que Andrés me quisiera lo suficiente como para irse conmigo. Pero el prospecto de verlo irse a perseguir un sueño que nada tenía que ver con la seguridad de un trabajo fijo, del cheque quincenal con el que ella se pagaba la renta y sus botellas, que cada vez se acaban más rápido, era una verdadera amenaza para esa comodidad que se había construido en el pequeño apartamento del norte de Montreal.

Andrés me mostró la carta de la universidad. Tenía manchas de grasa de comida y de humedad pero se leía claramente su nombre y el texto felicitándolo por su trabajo y por su decisión de postular para el programa. El comité había decidido aceptarlo y otorgarle una beca de diez mil dólares anuales para sus estudios, sin incluir una exención de los gastos de matricula. Sólo tenía que asegurarse de confirmar su aceptación antes del primero de julio. Con el inicio de las clases a menos de cuatro semanas, era casi seguro que su beca había ido a otras manos. Yo intenté animarlo, darle opciones, decirle que seguramente ellos sabrían entender las circunstancias y le permitirían comenzar sus estudios y recibir la beca. Él seguía callado, con los las manos entrecruzadas en los dedos y mirando hacía abajo para que yo no viera salir las lágrimas que se estrellaban contra la superficie de la mesa. Se puso de pie y me abrazó, se abandonó a llorar sobre mi hombro por un momento y luego me besó antes de recoger la carta de la mesa y salir, según él, para el trabajo.

Creo que fue por eso que anoche tardé mucho en dormirme, y cuando finalmente lo logré era un sueño difícil, angustioso, como si supiera que él me necesitaba y que me estaba llamando. El teléfono sonó como a las tres de la mañana. Era Margarita. Yo estaba ansiosa y esperaba oír lo peor, pero ella no parecía estar preocupada. Todo va a salir bien, me dijo, pero yo no lo creo. Una enfermera me dijo que lo habían ingresado con una amputación de la mano derecha desde el antebrazo. Había perdido mucha sangre y estaba inconsciente. No he visto a Margarita desde que llegué y no creo que vaya a regresar. No es justo.