La lectura, comparada con el acto de apretar la empuñadura de un arma blanca, tiene como objetivo la desestabilización de un orden. Es una relación en la que el texto utiliza al lector para dar salida a su discurso. El texto existe, como también existe un puñal sobre una mesa o en el bolsillo del gabán, y es independiente al lector, independiente a quien lo empuña: son entes autónomos que se atraen, se necesitan, se justifican mutuamente. Es difícil establecer quién buscan a quién, pero el encuentro se produce en el acto anteriormente mencionado. No todos los puñales logran su cometido, tampoco cualquier portador mercenario consigue penetrar la carne con una leve rotación de la muñeca –mucho menos darse cuenta de que lo que se derrama sobre la alfombra es su propia sangre- aún así, la permanencia de los unos y los otros en el tiempo permite concebir la idea de futuros encuentros.
El lector es una extensión del texto, el cual, al igual que el puñal, encuentra su continuidad en el cuerpo de quien lo sostiene. Cuando se produce un acercamiento, suponiendo que exista entre las partes un código común o un conocimiento básico de la esgrima, es necesario que el lector, antes de permitirse hacer ningún lance en cualquier dirección, identifique ciertos elementos en el texto, el cual, al igual que los puñales, está colgando del tiempo, ocupa un lugar en el espacio, tiene un pasado, un presente y un futuro (no necesariamente en ese orden). Al permitir que el texto hable con su propia voz, que muestre su brillo, su tacto, la agudeza de sus ángulos, se puede llegar a conocer su intención. Claro está que ésta no es una fórmula infalible, pero sí es, por lo general, efectiva. Lo peligroso es jugar con un elemento corto-punzante sin siquiera poder distinguir entre sus partes, o con la pretenciosa idea de estar en control del lado más seguro donde se encuentra la empuñadura. Muchos han perdido valiosas extremidades por este abuso de confianza.
En consideración a lo anterior, en un principio sería prudente mantener la distancia y escuchar atentamente, manteniendo los ojos bien abiertos, sin permitir que los destellos del metal nos enceguezcan, o que la tentación de buscar el propio reflejo en la hoja nos haga perder el agarre sobre el discurso. A medida que la puerta al mundo posible del argumento se abre, el texto presentará al lector una realidad alimentada de otros textos, otras voces, imágenes, personajes e ideales. Ésta debe romper el escudo de prejuicios y manías, y forjar una visión enriquecida, más compleja del mundo a su alrededor. Es cierto, no existe la verdad, el significado inequívoco, el texto no está completo ni es perfecto –de ser así el lector sería innecesario- pero, si una de las partes reprime a la otra arbitrariamente, sería imposible llegar a una interpretación propia, nacida de la relación íntima entre el texto y el lector. Se necesitan dos para hacer la revolución.
Después de acercarse al texto, de haberlo tomado en las manos, de escuchar su historia y penetrar su discurso, es necesario que el lector reaccione, que deje que su pulso se sincronice con la vibración del metal en la vaina y se abandone al impulso de alzar su nueva voz, sacar el puñal y despertarlo de su “sueño de tigre”. El texto tomará vida y dibujará el mapa a seguir, le mostrará sus movimientos, sus temores y sus ambiciones; intentará llevarlo por caminos que pueden ser azarosos, e incluso que pueden llegar a confundir y debilitar la función del lector. El puñal tiene la facultad –y el deber- de crear un conflicto en quien se atreve a prestar su brazo como un accesorio para su conspiración: el portador se ve transformado constantemente; pasa de ser verdugo a ser víctima, y su control sobre los acontecimientos es tan limitado que incluso puede llegar a derrumbarse frente al poder del arma en sus manos. Pero siempre sobrevive al punto final, aunque para entonces ya no sea el mismo.
La práctica de la esgrima, como la lectura constante, ayudan a descifrar los movimientos de la hoja, a identificar la intención, el tiempo, el ritmo y el espacio de las acciones en un encuentro y facilitar los elementos de juicio necesarios para afrontar el desafío. Cuando el lector entiende que un texto es forjado con una función, un fin eterno que él mismo ejecuta cada vez que empuña el mango, y acepta el reto de cuestionarse a sí mismo a través del discurso –a veces como verdugo, en otras como víctima-, la distancia que lo separa del mundo posible del texto se deshace, permitiéndole vivir una realidad ajena en la que ya no es un espectador, sino que, al igual que los demás personajes, ve su realidad transformada por el argumento. Cuando aprendemos a leer, logramos hacer que el cuchillo penetre la superficie, que un leve giro de la muñeca transforme nuestra percepción. En algunas ocasiones se puede experimentar dolor, en otras se siente algo de alivio, pero en todo caso la sangre derramada sobre la alfombra siempre resulta siendo la propia. Y es entonces cuando el texto adquiere su justificación.
viernes
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