La primera paloma cayó un jueves por la mañana. -Mal presagio-, le dijo Isa a la Perchas mientras dejaba el rincón en el que se había instalado y se levantaba para empujar con el báculo el desorden exánime de plumas que se oscurecían con el impacto de los primeros goterones. La perra acercó el hocico humedecido y, como entendiendo las palabras de su ama, se retrajo nuevamente con una expresión de disgusto. -El hambre no da para tanto, ¿verdad?- Los dos cuerpos se perdieron nuevamente bajo la ruana forrada con un revestimiento de bolsas plásticas, dejando que el agua se llevara el cadaver del ave hasta una alcantarilla que ya rebosaba a pocos metros de sus pies.
El día pasó por agua. Mientras dormían, cayeron dos palomas más.
El viernes por la tarde salieron a caminar. El sol brillaba sobre el pavimento aún mojado y hacía relucir los charcos de un multicolor grasiento, agitados por el paso del carro de balines que rodaba pegado al andén. Las miradas adormecidas seguían desde los buses la figura pesada de ropas demasiado grandes y mantas ennegrecidas, como un presagio del fin que espera a quienes no soportan la cruz de todos los días, la procesión que lleva al éxito, simulacro del paraíso.
Al llegar a la esquina de la Séptima con Jiménez, el golpe seco de un nuevo cuerpo alado al estrellarse sobre el suelo adoquinado hizo que Isa bajara la mirada, entretenida con el pasar de las nubes sobre los edificios, para encontrarse con la sombra oscura que era la Perchas corriendo entre ladridos como un perro de caza que sale a buscar la presa. Sin prestar atención a la luz verde que la incitaba al otro lado de la calle, Isa se lanzó por encima del carro de balines y, mirando una vez más al cielo, extendió los brazos y corrió hacia su amiga, que miraba estupefacta el monstruo de escamas verdes y ojos de cristal que la embestía. El estrépito de una bocina desintegró el concierto de motores, pitos y tacones que retumbaban por entre las calles de una ciudad aturdida. La Perchas, con la paloma muerta colgando aún entre el hocico, ganó de un brinco el otro lado del andén, mientras que detrás de ella las cinco puntas que coronaban la nariz del monstruo se clavaban en el costado de Isa que, irónicamente, no logró esquivar la carga enfurecida del Dodge '74, tal vez demasiado viejo o demasiado apático para detener su marcha.
El círculo de curiosos fue disuadido por la presión del tráfico y las exhortaciones de un grupo de soldados que abandonaron sus puestos de guardia junto a las arcas de la nación para restablecer el orden. Uno de ellos tomó el cuerpo inerme de Isa y, pasándole el fusil bajo los brazos, lo arrastró hasta el separador de la avenida ante la mirada trastornada de los transeúntes que, sin embargo, no se detenían ya en su marcha. Veinte minutos más tarde, una patrulla se llevó el carro de balines y el desorden de harapos que parecía aclararse con las primeras gotas de lluvia. La Perchas siguió la furgoneta por la Jimenez y giró por la Décima hasta llegar al San Juan de Dios, donde encontró el cuerpo de Isa tronchado sobre uno de los escalones de la entrada, reflejando el de otra paloma que se había desprendido del borde de una de las ventanas del edificio. Una enfermera y un voluntario tomaron los restos de Isa y la llevaron a la entrada del depósito, donde sólo le quedaba esperar que la Divina Providencia decidiera su destino.
El sábado no paró de llover. La Perchas rondaba el hospital, esquivando los pies de médicos, policías y parias enfermos y lacerados que entraban y, con algo de suerte, salían algunas horas después como por milagro del santo patrono del sanatorio. Sin embargo, ya ni las oraciones que emanaron por casi 300 años a sus espaldas, alcanzaban a favorecer a las almas peregrinas que circulaban por el edificio casi en ruinas.
La madrugada del domingo, la misma furgoneta que había llevado horas atrás el cuerpo de Isa, descargó los de un un ladrón y un policía que habían salido malheridos de un tiroteo en un banco a pocas cuadras de allí. La Perchas se parapetó entre la confusión que causaba los gritos rabiosos que intercambiaban el par de desgraciados que tendrían que compartir un rincón junto a Isa en el pasillo del ala norte del hospital. Los demás enfermos daban quejidos de dolor y exasperación, los médicos pedían respeto y orden, los policías que custodiaban al reo tomaban su bando y atacaban al ladrón con golpes y vituperios. Bolillos, estetoscopios, agujas y hasta crucifijos volaron de un lado para otro por encima del cuerpo inerme de la N.N. que la Perchas intentaba proteger con ladridos y dentelladas. Una botella de suero cayó al suelo, y el estrépito de cristales rotos silenció de golpe la refriega, dejando sólo el murmullo del viento helado que se colaba por la puerta abierta, por la que también entró una paloma extraviada que fue a posarse sobre el manto que cubría a Isa de pies a cabeza. Los contendientes, entre atónitos y avergonzados ante la imagen serena del ave, recobraron la compostura y reanudaron los trámites de admisión de los heridos. Cuando un enfermero se acercó a abrir la puerta para dejar salir la perra, el pasillo se iluminó con las primeras luces del domingo, reflejadas sobre la sábana blanca de una camilla desierta de la que caía un manto gris que nadie se detuvo a recoger.
miércoles
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