martes
Recuerdo de una noche
Todo esto ocurrió con la velocidad con la que el halo de las luces de un carro atravesó la ventana y se proyectó en el techo lleno de humedades. Un par de palabras que se escaparon de su boca entreabierta, aparentemente sosegadas pero sin sentido, me anunciaron que todo había pasado y que volvería a dormir. Mientras acariciaba su cabeza sobre mi pecho, miraba uno a uno los reflejos de que llegaban de la avenida y se repetían sobre un cuadro de flores tejido a punto que mediaba la pared, impidiéndome caer completamente en un sueño ligero pero entumecedor. En mi reloj eran las tres, lo que significaba que sólo tenía una media hora. Me levanté de la cama diciéndome a mí mismo que podría valerme del recuerdo de esa noche para cumplir la promesa de un siguiente día.
¡Esta vez sí!, me repetí. Las instrucciones estaban grabadas en mi mente tal y como me las había recitado el tipo de la lavandería: “Treinta mil dólares y los billetes de autobus... Hay una habitación en una pensión a un par de cuadras de la casa, te quedarás allá hasta que te lo indique... 1550 Washington St., número 5. Lo harás antes del amanecer... La puerta trasera da al callejón de la calle Cashman, es la tercera casa, justo al lado del restaurante brasileño. Sólo hay un reja que separa el jardín del callejón, mide más o menos quince pies, pero la puedes romper con esto. Al entrar por la puerta de vidrio, su cuarto está justo a la derecha, frente a la cocina. Estará solo, pero cuidado con hacer ruido, tu revolver tiene silenciador pero el hijo de puta tiene una nueve a la mano: un solo disparo suyo y, si no te mata, tendrás la policía encima en cuestión de segundos... entras, lo quemas y a correr.”
Todo estaría bien. Salí de casa antes de las cuatro y noté que el primer autobus debería estar retrasado, a juzgar por el número de gente que esperaba en la parada. Tenía tiempo de sobra. Pensé que a esa hora debería estar camino a la bodega para separar cupones de descuento para almacenes en los que nunca había entrado: diez, quince, veinticinco por ciento de descuento por compras de cien dólares o más. Ya no los necesitaría después de esto, ni la bodega, ni sus cupones, ni los descuentos. Diana y yo volveríamos a casa y tendríamos suficiente dinero para pagar el precio completo y en efectivo. Compraríamos un apartamento, un carro nuevo y haríamos el amor en nuestra propia cama, una cama en la que ella podría volver a sus ensoñaciones de siempre, no a esas pesadillas de rejas y perros rabiosos que salían de entre los matorrales a cazarla. ¡Esta vez sí!, me repetía, Diana no tendría que volver a saltar el muro, ni a llorar en la madrugada.
Ya se acercaba la hora; eran las cuatro y media y yo estaba parado en la esquina del restaurante. El callejón era estrecho pero se hinchaba con la claridad delatora de un farol que se escurría por entre los enrejados. Uno, dos, tres jardines y la reja que me mira petulante desde sus quince pies. En el morral tenía la pistola y un cortafrío, también una la máscara que me había dado el de la lavandería pero que no quise usar por que me sentía ahogado. Observé el enrejado como un obstáculo más que tendría que saltar para cumplir con la promesa del regreso, pero esta vez no estaba seguro de tener fuerzas para seguir. No tuve tiempo o paciencia para cortar el tejido de alambre y mi caída desde la cima del enrejado fue tan violenta como la de Diana desde su muro de delirios.
No sé cuanto tiempo duré tendido en el suelo pero, al levantarme, el mundo a mi alrededor se hizo plano y brillante como una pantalla en la que se proyectan las imágenes de una película sobre la que no tenía ningún control, una serie de cuadros erráticos que se sucedían, que se suceden aún aparatosamente en mi cabeza: ¡Maldita sea! No me duele, no me duele nada. Es sólo una mancha roja en la frente que me persigue y marca mis pasos, pero nadie la va a notar. El cortafrío otra vez en el morral, ahí donde está máscara, también la pistola. La puerta no tiene seguro... despacio, muy despacio. Shhhhh, que no suene el piso, por favor, que no suene tanto. La mancha casi no me deja ver, está en mis ojos, en mis manos y ahora también en la manija de la cerradura. Ya estoy adentro y no hay nadie en la cocina. Oigo una respiración, es la mía, siento como si tuviera la máscara metida en la garganta. “Lo quemas y a correr.” Eso dijo, así de fácil (veo rojo, no veo nada) es la puerta a mi derecha... Hay una línea de luz opaca que se amplía a medida que los objetos durmientes se reafirman en sus siluetas apenas perceptibles. Una silla, una cortina, una mesa, una cama, una frazada medio caída y la hendidura en la almohada que aún no recupera su forma... ¡No, no está! El piso que se desbarata a cada paso y el hijo de puta no está aquí... Otra puerta. Debe ser el baño, ¡está en el baño! ¿Dónde más? Shhhh, que no me oiga. No me duele, no me duele nada, tengo calor, veo rojo y él está en el baño... Calma. ¡Abrir la puerta y un solo disparo! “Lo quemas y a correr”. Respira, no seas tan pendejo. Uno, dos, tres...
La pistola tenía silenciador y nadie oyó el disparo.
Son las ocho de la mañana y estoy a unos pasos de la pensión, estancado en el mismo recuadro de cemento sobre el andén, incapaz de cruzar la línea al siguiente espacio. Llevo meses viviendo la misma fotografía de mi rostro en descomposición reflejada en la ventana del restaurante brasileño. A mi alrededor, los demás son imágenes confusas de ciudadanos respetables que ni siquiera me esquivan al pasar. Sólo ella, Diana, fue capaz de verme a los ojos cuando me cruzó corriendo de camino a la estación. ¡Cuanta valentía y cuanta sinceridad se requiere para ver a alguien a los ojos en lugar de buscarse a sí misma en un espejo! Me duele, me duele mucho su mirada, pero éste es sólo el principio de un día más de esperar hasta que llegue el momento de reencontrarme con ella allá en el sur, al otro lado de ese muro que nos separa de ese Nosotros que fuimos alguna vez. Hasta entonces el recuerdo de una noche servirá para cumplir la promesa de toda una eternidad.
La bala perdida
Ya afuera, miró de nuevo el reloj y encontró con desilusión que aún tenía mucho tiempo que matar (la ironía de la expresión le causó cierta gracia): matar el tiempo, quitarse el reloj y meterlo en un bolsillo, ignorarlo, quedarse quieto, no cruzar la calle y ver como la luz roja en la otra esquina detiene su titilar y ya nadie mira a lado y lado antes de iniciar la marcha. La otra acera puede esperar porque el tiempo ha muerto y en este lado se está bien. Quiso sentir su pulso una vez más pero fue inútil, ya no sabía contar, tampoco estaba el ritmo del segundero para marcar el paso. La bala había llegado a esa parte del cerebro que rige la continuidad de las cosas. Desafortunadamente la memoria es persistente y está fuera del tiempo; los recuerdos seguían ahí, resistiéndose a abandonar la calidez de su cuerpo.
Caminó por un rato y pensó en cuál sería el mejor lugar para disfrutar a gusto y sin interrupciones su propio deceso. Sabía que el alcohol, como buen desinfectante para las heridas, causa una sensación de ardor que hace recoger los músculos de todo el cuerpo, apretar la mandíbula, fruncir el ceño y, en algunos casos, que los ojos se agüen, justificando así el vergonzoso acto de llorar. Decidió que el pub irlandés de la calle Stanley estaría bien, considerando que los irlandeses no se sorprenden al ver sangre gotear de la barba de un hombre en un bar. Al llegar allí ordenó un whisky e intentó seguir la música con un movimiento de su pie derecho mientras ingería el líquido a sorbos regulares para no levantar sospechas. En los pocos segundos que duró el silencio entre I don't want to be your dog y Sunday bloody sunday, recordó el círculo perfecto, el hilito de sangre, el cañón. Vislumbró el revólver, Smith & Wesson, .29 niquelado con empuñadura cuadrada, bellísimo. Todavía estaría tirado en el piso junto a la cama, junto a los trozos de vidrio sobre el tapete y el agujero en la pared rodeado por lo que fue el marco de un espejo. Para el principio de The girl in the dirty shirt, recordó también el dedo apretando el gatillo, la penumbra que llenaba la habitación, la puerta abierta. Con una segunda copa alcanzó el efecto deseado: entrar de vuelta en su propio cuerpo, reencontrarse con las agrieras, los escalofríos, el mal aliento, la incomodad de una bala perdida en algún rincón de su cabeza sin cumplir con su cometido. Se sintió mal y salió de nuevo a la calle.
Quiso regresar a casa pero ya no recordaba el camino. Cualquier calle podría ser el final del recorrido, Cul de Sac, Dead End. Todas las luces rojas adelante y ninguna señal que le indicara el sur. La nieve ya había cubierto el rastro de sangre y saliva; dos años, tal vez dos siglos de dejar recuerdos como mojones en el desierto pero en Montreal había tantos de estos hitos dejados por otros que era fácil tomar la senda de otro desamor u otro destierro y terminar llorando por la raza humana en conjunto. Se detuvo en una esquina para darse algo de confianza. No sé por qué (tampoco él lo sabía) se sintió bien al saber que la bala continuaba rebotando de un lado a otro entre su cabeza; quizá ya había bajado al hígado, al páncreas, a las rodillas, y entonces la muerte era tan inevitable como el hilito de rojo, como dejar la puerta abierta, como matar tiempo.
Pensó en el apartamento y en la puerta que seguía abierta, tal y como ella la había dejado. ¿Por qué no la cerró? ¿No hubiese sido más fácil para él la puerta cerrada en lugar de la silueta que se pierde por las escaleras dándole la espalda? A lo mejor él hubiera hecho lo mismo si ella le hubiese pedido que se marchara. Quizá debió ser él quien saliera primero, pero fue Claudia quien ofreció marcharse. Siempre la buena de Claudia que le dio todo y él queriendo más. Él mismo se lo había hecho saber a la hora de la cena: tanto había dado que no había ya nada que él pudiese querer de ella, estaba seca como el pedazo de carne que comía con desgano. Nunca le dijo que era él quien moría, que ya no tenía más que dar y se hastiaba de recibir. Seguro que ella lo hubiese comprendido y en un acto de amor le habría volado los sesos con el 29 pero sólo se limitó a entregarse nuevamente, a continuar el duelo que él había propuesto.
Recordó el último encuentro, el rostro pálido y ella sentada en la cama con el arma en la mano. – ¿A quién quieres matar?- preguntó él. El silencio. El llanto. No más preguntas. Claudia se incorporó, dio dos pasos hacia él y deslizó el cañón por su cara, el cuello, el lado izquierdo del pecho, y descansó por un par de segundos en el ombligo. – A nadie que no estuviera ya muerto- respondió –fue un fallido intento de eutanasia-. Los dos rieron por un instante, él le tomó la mano armada haciéndola a un lado y se acercó para besarla. Claudia le pasó el brazo por el cuello y se colgó de él, dejándose caer hacia atrás sobre la cama. Fue difícil despojarla del arma que se interponía entre ellos mientras desapuntaba la blusa, el sostén, el broche doble de la falda de paño. Era como quitarle la piel a una serpiente convulsa, cuya cabeza era el 29 que se movía de un lado a otro amenazando con pegar una mordida azarosa. No alcanzó a notar en qué momento superaron aquel milímetro entre el dolor y el placer. Estaba entre golpes del revólver contra la espalda, la mandíbula, las caderas; estaba entre los labios desquebrajados por el invierno y los gritos (¿de placer?); un duelo a muerte que ninguno de los dos quería ganar, pero, como todos sabemos, existen las reglas en el combate. El arma cayó junto a la cama y el pugilato continuó en una lucha cuerpo a cuerpo que el perdía con cada quebranto que infringía en ella. Entre tanto, el espejo, como todos los espejos, era testigo silencioso de su ignominia para convertirse más tarde en el juez implacable de su crimen.
Pensaba esto cuando se halló frente a su apartamento. Una vez adentro se dirigió a la habitación y se sentó sobre la cama. Pensó que la idea de que las piernas se le entumían y los brazos se hacían más pesados eran efectos secundarios de la hemorragia que supo ignorar. Ahora sin el tiempo temía que su muerte no llegaría jamás. Decidió revisar de nuevo su pulso y confirmar que el alcohol afecta el ritmo cardiaco, luego sacó el reloj de su encierro y echó un último vistazo a la hora antes de recoger el 29. Al incorporarse encontró su propio reflejo en un trozo del espejo que aún colgaba de la pared pero ya no vio el círculo de piel chamuscada ni el hilito de sangre. Como la serpiente que se enrosca en el cuello de su víctima y la asfixia hasta que el reloj se detiene, su memoria lo ahogaba. Empuñó el arma y cerró los ojos. La bala entró por parte frontal del cráneo, dejando un círculo de piel chamuscada justo en la mitad de la frente, en el lugar mismo donde comienza la percepción, y esta vez no hubo más tiempo.
Dos Puntos
Apremiado por el parpadeo de dos puntos rojos entre las cifras mínimas de una hora indecente, se perdió en el armario y, rechazando el vestido y la corbata fúnebres que colgaban de un gancho tras la puerta, sacó el pantalón de pana, la camisa polo de rayas y la chaqueta deportiva sin estrenar que Penélope le había regalado para su cumpleaños. Antes de salir de su casa se dio cuenta de que sobre la consola había un espejo ovalado rodeado por un elegantísimo marco de madera, cuya aparición atribuyó al buen seso y exquisito, pero costoso, gusto de su mujer.
No menos desilusionado que la mañana anterior, encontró nuevamente el revoltijo de su cabellera perdida ensombreciendo la blancura de su almohada. Sólo para estar seguro del destino de sus despojos, salió directamente a la cocina y regresó con dos hojas super resistentes con las que no pudo sino restregarse los ojos ante la profanación de sus restos. Miró a Penélope con desconfianza, pero esta dormía profundamente dándole la espalda. Repitió las pesquisas al rededor de la habitación y una vez más abandonó su búsqueda con resignación ante la incisiva oscilación de los dos putos que lo empujaban a la calle. Después de apurar un café con tostadas y echar un último vistazo por la alfombra, se detuvo unos segundos frente al espejo, dejándose desanimar por las formas dilatadas que se forraban en la camisa de cuadros y el pantalón de dril.
Esa noche regresó vencido por la lasitud del trabajo y la odisea del tráfico capitalino que, muy seguramente, tenía su parte de culpa en la mengua de su melena. Ignoró con un rodeo forzado el espejo de la entrada y subió a la habitación, algo sorprendido por la quietud de la casa, normalmente inundada por el olor de la cena y el revoloteo histérico de su mujer intentando dar fin al ciclo estéril de sus labores domésticas. Efectivamente no se cruzó con ella por las escaleras ni por el pasillo, tampoco estaba en el baño ni en el estudio. Cuando entró en la habitación, advirtió un silencio lúgubre entre la penumbra que sólo dejaba ver las formas más familiares de su cama, su mesita, el armario y el tocador, pero no la de Penélope. Estiró una mano para encender una lámpara y descubrió, sintiendo una aprensión similar a la de sus mañanas frente a la almohada, un recuadro blanco con diseños florales en bajo relieve que servían de fondo a una escritura conocida. Tomó la nota entre sus manos y se sentó en la cama, sin notar la mullida textura del cobertor tejido con finos hilos de color castaño cenizo oscuro que la cubrían.
El ciclo lunar
Ella, agradecida, le dio un último beso en la boca y atravesó el portal sin darle tiempo siquiera para terminar de cerrar la boca y abrir los ojos. Él vio, entre enternecido y desilusionado, como su sombra se perdió en el recodo de las escaleras y con ella la ilusión de una noche de sexo salvaje que se había insinuado con vehementes palabras durante la velada. De camino a su casa se consoló pensando que era culpa del ciclo lunar, estrechamente ligado al ciclo reproductivo femenino y, mirando el cuarto creciente que colgaba en cielo, se dijo que seguramente era cuestión de tiempo.
Unos días más tarde se volvieron a ver y después de cenar y tomar una copa tranquila en un café -porque el día siguiente sería martes y había que trabajar- volvió a acompañarla a su casa, solo que esta vez ella no cerró los ojos ni le ofreció los labios para despedirse como las últimas veces, sino que le tomó la mano invitándolo a pasar. Una vez entraron al apartamento, ella se abalanzó sobre él como si fuera a extirparle la cabeza de un mordisco: le quitó la chaqueta, le arrancó los botones de la camisa, la hebilla del pantalón, los zapatos, los calcetines, la ropa interior, lo tiró sobre el sofá que mediaba el salón y se le montó encima. Él, todavía sin comprender, con la vista nublada por la excitación y la transpiración del ajetreo, sintió una fuerte presión en la mitad del cuerpo, como si la mujer menuda y delicada que convulsionaba enloquecida sobre él ganara un peso descomunal que amenazaba con partir el sofá en dos, y, de paso, la cintura que tenía estrujada sin contemplaciones entre las piernas.
Con los ojos aún humedecidos por el sudor, o quizá por la inminencia del llanto, el hombre distinguió la silueta de la bestia que se desvelaba en frente suyo, encima suyo, con la boca abierta en un ángulo imposible que dejaba ver una dentadura afilada de la que sobresalían dos pares desmesurados de caninos, como barrotes de una celda en la que alguien había encerrado una lengua larga y oscura que se movía aberrante entre las fauces. Él cerró los ojos y volteó la cabeza contra el respaldo del mueble que estaba a punto de colapsar, como si buscara escabullirse por entre los cojines y alejar de sí las garras que, suspendidas en el aire, oscilaban en peligrosas aproximaciones a su pecho desnudo, mientras sus brazos, insignificantes junto a los de ella, no atinaban a protegerlo. Ya en el suelo, con un resorte clavado en el costado, las piernas entumecidas y los ojos brotados por la falta de aire, él lanzó un grito agudo y entrecortado que ella supo acompañar con un gemido gutural que se apagaba lentamente hasta acabar en un leve suspiro.
Cuando hubo recuperado el sentido, aunque no del todo la dignidad ni las fuerzas, el hombre se quedó absorto, sin atreverse aún a abrir los ojos, al sentir la humedad de un cuerpo blando que se frotaba asiduamente contra su mejilla y el aliento tibio de otro ser viviente que respiraba sosegadamente a su lado. Después de unos minutos el terror fue degenerando en una cierta curiosidad, sobre todo al sentir la suavidad y levedad de la mano que, a pesar de cruzarle el pecho, no le lastimaba demasiado las heridas. Entonces decidió abrir un ojo, levantando un poco la cabeza, y vio una mano delgada y suave que descansaba impasible sobre su hombro izquierdo. Al abrir el segundo pudo seguir la trayectoria del brazo y percatarse, con cierto alivio, de que éste estaba unido naturalmente al cuerpo, igualmente delicado y hermoso en su quietud, que sólo unas horas antes había deseado poseer.
Invadido aún por el temor de lo que había experimentado la noche anterior, cuya veracidad pudo comprobar por la evidencia de los multiples dolores a lo largo y ancho de su fatigada humanidad, decidió quedarse inmóvil para no desatar un nuevo ataque de furia de la afable criatura que lo asía entre sueños y suspiros. Pensó por un momento en la conversación que sostuvieron unos días antes en el restaurante al que la había invitado. Recordó las miradas lascivas, los roces aparentemente involuntarios de sus piernas, sus manos que cubrían, sin dificultad pero con primor, las que ahora lo aprisionaban a él con la amenaza latente de una nueva y dolorosa transfiguración. Finalmente sus evocaciones se detuvieron en la respuesta, un poco obscena incluso para él, que le había dado cuando ella le preguntó lo que le haría si decidiera acostarse con él esa noche. Claramente hubo mención a movimientos espasmódicos, fricciones acaloradas, contorsiones, estrujamientos, mordeduras, arañones, golpes ligeros pero contundentes en algunas tiernas regiones de su cuerpo y, seguramente, uso de elementos varios ajenos a su morfología. Irónicamente él pensó que se había sobrepasado en sus proposiciones cuando ella, con un gesto de frustración, le dijo que esa noche no podría estar a la altura de sus expectativas, pero había recuperado la esperanza tras el beso de despedida que ella le había dado en el portal. Desatendiendo la posible conexión entre sus fantasías de aquella noche y el imposible realismo de la última, mientras caía suavemente en el letargo de un sueño pesado y tranquilo, pensó que, antes de hacer una próxima cita, sería prudente consultar el Almanaque Bristol, por si acaso.

