«Estoy segura de que ese no era», dijo la señora Q., encontrando un punto fijo en el espacio en el que clavó con severidad sus palabras. Su relato era fantástico, pero no había en el fisura alguna que nos permitiera dudar de su sinceridad más allá de las formalidades de la lógica. Guardó silencio por unos segundos y continuó: «Salí a buscar el mío por el barrio, intentando seguir su rastro disfrazado por el olor a grasa y sudor de metal fundido sobre el asfalto. Grité su nombre y el eco resonó ente las paredes de los edificios sin encontrar respuesta, así que salí a la avenida y por un tiempo anduve entre la multitud de engranajes que, como él solía hacer, regresaban a casa con las primeras luces del día. Estaba celosa de los ojos que pudieran haberlo visto, de las mujeres que quizá lo sedujeron en el camino, de las paredes entre las que tal vez estará encerrado pensando en mí. Caminé por horas, tal vez por días, y me hallé varias veces de nuevo frente a la puerta entreabierta que esperaba su regreso».
Uno de nosotros preguntó cuándo fue la última vez que lo había visto y la pregunta le hizo bajar la mirada. Tras un nuevo silencio, un susurro se escapó de su boca casi inmóvil. Noté que todos nos acercamos más a ella, torciendo un poco la cabeza como esperando que el murmullo alcanzara nuestros oídos y nos permitiera discernir si lo que exhalaba era un suspiro o una respuesta. Creo que ella también se dio cuenta porque sus labios empezaron a articular las palabras y pronto su discurso tomó forma: «Todos los días, mientras él duerme, preparo el almuerzo, arreglo el apartamento y a medio día salgo a trabajar. Cuando regreso por la noche, encuentro los restos de su comida en el plato, siento su aliento en los cubiertos relamidos y la huella de un beso en la servilleta cariñosamente arrugada en una esquina de la mesa: es su manera de agradecerme sin palabras. Aunque no lo vea, sé que él está ahí, en la cama sin tender, en la ducha aún mojada, en su ropa colgada sobre el espaldar de la silla, todo está marcado con una presencia que me acompaña a la cama y con la que duermo tranquila hasta la madrugada, cuando él regresa a casa tras acabar su turno en la fábrica.
«Esa noche llegó más temprano. Después de dar un portonazo, sus pasos apurados se desviaron hacia el baño y se detuvieron en un golpe seco de las rodillas junto al retrete. Escuché con dolor que intentaba reponerse, pero no me atreví a levantarme para no avergonzarlo. Cuando salió vi a contraluz su silueta fatigada, rebotando de un lado a otro mientras intentaba alcanzar la seguridad de la cama. Al darme cuenta de que su lucha de naufrago alucinado había cedido al sueño, me levanté para desvestirlo y meterlo bajo las cobijas. Esa fue la última vez que lo vi, entre sombras, desnudo e inmóvil, respirando pesadamente con la cabeza sobre mi pecho. Sin darme cuenta, me quedé dormida acariciando su cabello».
Levantó nuevamente la vista y las manos, que se habían juntado a la altura del pecho mientras pronunciaba las últimas palabras, cayeron sobre su regazo marcando la pausa. Pensé en preguntarle sobre la mañana siguiente, pero lo inquisitivo de nuestras miradas atentas que se encontraron con la suya en el medio de la habitación la incitaron a continuar: «Cuando desperté, encontré aquel hombre acostado a mi lado. Me quedé mirándolo un buen rato, sin decidirme a abrir la cortina para estar segura de que no fuera un efecto de la penumbra, y llegué a pensar que era un sueño. Me senté a su lado y lo vi más pequeño que mi marido sobre la cama, tenía más barba y el vello de su pecho era más oscuro y tupido. Las líneas de su rostro se veían más agudas, más ceñidas a los contornos de su cráneo. La piel de su cuerpo era árida y resquebrajada, apenas colgada de un esqueleto retorcido, como un juguete del que nadie se sirve hace mucho tiempo y que se pudre en un rincón de un baúl húmedo y oscuro. Desnudo como estaba, lo examiné completo. Yo no he conocido otro hombre en mi vida y estoy segura de que aquel no era el mío.
«Temí despertarlo y, sigilosamente, salí de la cama para buscar a mi marido pero, tan rápido como se recorren los 24 metros cuadrados de nuestro apartamento, me dí cuenta de que estaba vacío, excepto por esa presencia extrañamente familiar en la habitación. Me quedé parada junto a la ventana de la cocina que da al patio del edificio, esperando que el aire frío de la mañana me aclarara las ideas o, por lo menos, me permitiera salir completamente del letargo que, seguramente, había causado en mí la confusión. Cuando el extraño empezó a despertar, yo lo vigilaba desde la puerta de la habitación, dispuesta a confrontarlo con la valentía que otorga la empuñadura de una arma entre los dedos. Apenas abrió los ojos, como preguntándose qué hacía yo ahí, mirándolo, ese hombre desconocido empezó a decir algo que no entendí o no recuerdo, con un gesto que tenía algo de furioso y suplicante. No sé si gritaba o si sólo movía los labios con violencia, pero se me acercaba estirando los brazos como si fuera a abalanzarse sobre mí. Dos círculos negros, grandes y brillantes, me regresaban mi propia imagen perdida en el pozo de sus pupilas dilatadas. Cerré los ojos y me contraje en lo que imaginé mi más mínima y compacta expresión. Por un instante vi como mi cuerpo erguido se alejaba mientras yo caía hacia atrás, irremediablemente, sin encontrar un punto de apoyo en lo inmaterial del momento. Fue un desdoblamiento similar a los que ocurren entre la vigilia y el sueño, una larga caída en un vacío profundo que termina violentamente de vuelta en el propio cuerpo. Sentí su peso inerme sobre mí como una roca o una pared caída tras un temblor. Me desprendí de él como pude y salí a la calle a buscar a mi marido.»
La descripción del cuerpo desnudo que dio la señora Q. concordaba con la del extraño que encontramos en el apartamento, excepto por las ocho heridas que tenía en el costado izquierdo del vientre, propinadas con un cuchillo de cocina común. El cuerpo había alcanzado un alto grado de descomposición, ya que sólo cuando el hedor alarmó a los vecinos se dio aviso de la presencia del cadaver. Desde que la encontramos dormida en los alrededores de la fábrica donde trabajaba su marido, ella le contaba esta historia a todo el que se la preguntara, o que por lo menos le diera la impresión de que deseaba oírla. y siempre era exactamente la misma. Yo no me atreví a decírselo pero sé que, en el fondo, ella sospecha que su esposo, el maquinista, no regresará nunca más.
martes
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